Tag Archives: navideño

Cuento de Navidad: La cena de Nochebuena. Mundo de niños

Cuento de navidad,La cena de nochebuena,cuento,relato,misterio,niños,adolescentes,

 

Hola

Bienvenidos

a Mundo de niños.

El cuento que  hoy te cuento,

no es un cuento por que yo  lo cuento,

Solo es un cuento, si despierta en ti algún sentimiento.

                       

Cuento de Navidad: La cena de Nochebuena

La primera Noche Buena después del fallecimiento de tía Isabela, nos volvimos a reunir toda la familia en la vieja casona, que ahora había quedado bajo la solitaria custodia de la criada.

Mi madre y sus hermanos, Juana y Felipe, habían pensando que era preferible mantener la finca, para poder así continuar reuniéndose los hermanos con sus familias, en las celebraciones importantes. Siendo como éramos tan numerosos, entre niños y adultos.

Sin embargo, yo sabía por el diario que heredé de tía Isabela, que el otro hermano, mi tío Andrés, era difícil de carácter y siempre iba a contracorriente de los demás. Por lo que era muy probable que no estuviera de acuerdo con la decisión de sus hermanos.  

A la criada Manuela se la consideraba una más de la familia, aunque tuviera sus obligaciones domésticas dentro de la casa, y durante la celebración de esa cena tan especial, se sentaba con nosotros.

Ella conocía muy bien el temperamento de tío Andrés desde que era bien pequeño, y seguro que también sospechaba de sus intenciones sobre el futuro de la casa familiar, porque cuando llegó con mi tía y los primos, los recibió con una atención especial. Besando con tanto cariño y afecto a los niños.

El tío Andrés, en cambio, no pareció mostrar muy buen humor por la amabilidad de la criada. Incluso como si le molestara, lo que me hizo presagiar que esa noche podía ocurrir algo un poco triste.

Cuando estuvimos todos sentados en torno a la gran mesa del salón principal, enseguida eché en falta la presencia de la tía Isabela, que, desde que falleció su hermana Inés, mi abuela, siempre la había presidido con su carisma y elocuencia.

Por eso recordé enseguida lo que había escrito en su diario, sobre la capacidad que tenemos las personas para crear armonía y evitar situaciones desagradables.

Escribía que cuando a veces somos capaces de presentir un acontecimiento negativo, en vez de pensar que va a ser inevitable, dejándonos llevar por la tristeza, hay que poner toda nuestra voluntad en la convicción de que ocurrirá lo contrario. Sobretodo si pasaba entre personas cercanas, como era el caso de ahora.

Pero también decía, y esto me costaba más entenderlo, que si muchas personas, cientos o miles – cuantas más mejor – fueran capaces de no dejarse llevar por el miedo ante probables acontecimientos sociales muy malos, como guerras y crisis, podrían evitarlos, si coordinaban sus pensamientos positivamente.

Con esa unión de las voluntades – aseguraba en su escrito – incluso seríamos capaces de evitar las grandes catástrofes naturales, cuando hubiera previsión de ellas.

 

Manuela me miró mientras pensaba en estas cosas del diario de mi tía y, como si lo adivinara, empezó a reírse. Sabía que entre mi tía y ella había una relación muy íntima, y seguramente también conocía estas ideas tan maravillosas. Por lo que sería estupendo que las dos uniéramos nuestra voluntad de armonía, para evitar que la cena de Noche Buena se convirtiera en la cena de noche mala.

Separadas como estábamos en torno a la gran mesa, nos miramos fijamente con alegría y nos trasmitimos nuestros buenos propósitos.

Cuando apenas habíamos comenzado a comer el pavo, mi tío Andrés no tardó en centralizar la atención de todos, como Manuela y yo nos temíamos. Por eso nos miramos con complicidad.

Alzando la copa de champan con una gran sonrisa de oreja a oreja, que chocaba con la seria cara que había mostrado al llegar, se puso en pié para darle mucha importancia a lo que iba a decir, y comenzó solemnemente:

-Queridos hermanos…cuñados…sobrinos… – omitió a Manuela – quiero celebrar con vosotros que estemos todos reunidos en esta maravillosa cena de Noche Buena, y al mismo tiempo dedicar unos segundos de silencio al entrañable recuerdo de la tía Isabela, que tanta felicidad supo transmitirnos – y tras los instantes que él había decidido mantener, continuó:

- Y también quiero aprovechar esta velada para proponeros que el año que viene la celebremos todos juntos en mi gran casa de campo –

Conociéndolo como lo conocían, todos entendieron enseguida el doble fondo de su brindis. Nadie se extrañó de la invitación, porque ya sabían cuales eran sus intenciones, y todo hacía presagiar que la cena se convirtiera en una tensa discusión familiar. Porque quizá, podría  acabar convenciendo también a algún indeciso, para vender la casa.

Pero mi madre, Rosa, que era la mayor de los cuatro hermanos, enseguida lo cortó alzando también la copa, para no hacerle un feo:

-Gracias por tu generosa invitación Andrés, pero no es momento de adelantar acontecimientos –

Y todos brindaron después de las palabras de mi madre que, lista como era, lo había hecho callar elegantemente.

 

Mi tía contaba en su diario, que Manuela y la casa tenían una relación muy especial.

Hasta el punto que pensaba que la habitó en otra vida pasada. Porque mi tía creía en la reencarnación.

Escribía que conocía secretos de sus viejas paredes que, ellas, las hermanas Inés e Isabela, incluso el abuelo Federico, nunca descubrieron.

Una vez les reveló que el armario que había en el recibidor tenía una puerta secreta en el fondo, que daba, a través de una estrecha escalerita, a un sótano debajo del piso. Pero ese sótano se extendía con pasadizos por todo el subsuelo de la finca, con más entradas secretas a otras partes de la casa, que solo la criada conocía.

  

Después del famoso brindis, Manuela, menudita y discreta como era, se levantó de la mesa y desapareció sin que nadie se diera cuenta, animados como estaban todos, bebiendo y comiendo los ricos manjares.

Pero cuando empezó a tardar más de lo normal, mi madre también la echó en falta.

- Vaya – pensé intrigada, porque conocía las travesuras de Manuela – ya está otra vez jugando al escondite –

Entonces, a la orden de mi madre – ¡Ale, todos a buscar a Manuela! – los niños salieron corriendo en su busca por toda la casa, como si fuera una gran aventura para ellos.

Se oían sus chillidos desde el salón, mientras iban entrando por todas las habitaciones y hurgando en todos los rincones:

-¡Aquí no está!- gritaba la prima Alicia.

-¡Aquí tampoco! – respondía el primo Arturo.

Mientras, mis tíos y tías seguían en la mesa felizmente sin darle demasiada importancia.

La búsqueda de Manuela se convirtió entonces en una escusa para jugar por toda la casa a esconderse y perseguirse, olvidándose de ella poco a poco.

Yo permanecía con los mayores, pero sin dejar de escuchar sus vocecillas, que parecían muy excitadas por los sustos que se daban unos a otros, subiendo y bajando por las escaleras sin parar.

-¡Al jardín no salgáis, que está nevando y hace mucho frío! – les decía tía Juana.

Llegado este punto de la velada, donde todo parecía en orden y sin sobresaltos, el agudo y penetrante chillido de la pequeña Mónica, nos obligó a todos a ir a buscarla.

Yo, que iba la primera de la expedición familiar, nada más girar la esquina, pude ver por el corredor en penumbra, la imagen blanca y resplandeciente de tía Isabela, que mirándome con su cara amorosa, me señalaba con la mano izquierda el viejo reloj de pie que había en medio del pasillo, pegado a la pared.

Impresionada por la brumosa aparición, los miré a todos para comprobar que también habían visto lo mismo que yo, pero ellos solo vieron a la prima Fátima con una sábana blanca echada encima, asustando a los más pequeños como si fuera un fantasma.

Quise explicarles lo que había visto, pero finalmente acepté que, por alguna razón que no comprendía, tía Isabela había querido que solo yo la viera.

Además, tampoco me iban a hacer mucho caso con el nerviosismo que tenían, porque entre los niños que habían corrido asustados por la broma de Fátima, faltaba Andresito, el pequeño del tío Andrés.

 

Su búsqueda se convirtió entonces en una frenética labor de todos, pequeños y mayores, que temiendo que le hubiera pasado algo malo, siendo como era un niño de tan solo cinco años, empezaron a llamarlo y mirar bien por todas partes.  

La casa de dos plantas y desván era muy grande, y tenía muchos cuartos y salas donde buscar. Había armarios y grandes cortinajes tras los cuales podría estar escondidito. También muchos dormitorios con camas que había que mirar bien debajo de ellas.

Baúles y otros lugares como esquinas y rincones en los que un niño pequeño cabía sin dificultad, todo fue perfectamente mirado, sin dejarse nada por rastrear. Incluso miramos en el armario del recibidor donde yo sabía que había un acceso secreto, pero las tres puertas del armario estaban cerradas con llave, para evitar precisamente que jugaran allí dentro.

Desesperados y a punto de romper a llorar tía Dorotea, decidieron incluso subir al desván, grande como era y lleno objetos viejos y polvorientos. Aun sabiendo que allí no podía estar, porque la gruesa llave que se necesitaba para abrir la puerta, estaba guardada en un cajón de la cocina. Pensamos que también podía haber salido al jardín y estar escondido en el invernadero o en la casa de jardinería, asustado como estaría por la prima Fátima. Pero como el gran manto de nieve que lo envolvía todo estaba completamente virgen y sin huellas, supimos enseguida que tampoco había salido al exterior.

Y poco a poco, la tristeza y el desánimo comenzaron a reinar entre todos, que no comprendían lo que podía haberle ocurrido al pequeño. Tía Dorotea, incapaz ya de contener las lágrimas y los lamentos, estaba acurrucada en un sillón, siendo consolada por su cuñada Juana. Y tío Andrés, al borde de una explosión de ira, comenzaba a echar la culpa de su desdicha a Manuela, con comentarios llenos de rabia y de descalificación hacia la pobre, que no había hecho nada.

Pero yo tenía absoluta confianza en que el pensamiento que había tenido al principio de la cena, tarde o temprano, nos daría sus frutos, y que todo se resolvería positivamente.

Cuando todo indicaba que nadie entre nosotros era capaz de adivinar el escondrijo de Andresito, y temiendo incluso que le hubiera ocurrido un accidente en su huida y no pudiera salir de alguna parte, oímos a los pequeños chillar alegremente desde el salón:

-¡Manuela!¡Manuela!¡Esta aquí!¡Está aquí!-

Volvimos rápidamente para celebrar su vuelta. Pero siendo como era también un motivo de alegría, no era lo que más esperaban todos. Aunque yo estaba segura que ella nos iba a revelar el escondite del pequeño.

El tío Andrés la miró entonces con mala cara, llena incluso de resentimiento, pero Manuela, comprendiendo lo que pasaba, nos llevó enseguida hasta el corredor donde estaba el gran reloj de pié. El mismo reloj tan viejo como la casa, que ya no funcionaba, y que me había señalado tía Isabela con su mano separada del cuerpo.

Empujándolo un poquito de costado, hizo que se desplazara el solo y dejara libre un estrecho hueco que daba a una escalerita de caracol – como la del armario de la entrada – que bajaba serpenteante hacia un sótano.

Los primeros que, desesperados, se metieron por allí, aunque con cierta dificultad – sobretodo tío Andrés por su barriga – fueron los padres de Andresito.

Y enseguida, impresionados por el hallazgo, oímos desde arriba sus gritos de alegría y entusiasmo al encontrarlo sano y salvo allí abajo. Estaba distraído felizmente con los viejos juguetes que habían pertenecido a la tía Isabela y la abuela Inés cuando eran niñas.

Según nos explicó Manuela, al buscar un escondite junto al reloj, huyendo del fantasma de la prima Fátima, Andresito había activado sin querer la entrada al pasadizo. Atreviéndose  entonces a bajar el solo por la escalerita, se encontró con aquel inesperado regalo de Navidad, de montones de juguetes: Una casa de muñecas con todos sus muebles y muñequitos, un caballito de madera más grande que él, muchos disfraces y caretas, norias y tiovivos de hojalata, barcos de madera, un coche antiguo de bomberos, un triciclo y un coche de pedales que aun funcionaba y que le hizo las delicias.

Cuando subieron con el niño todo sucio de polvo, tía Dorotea sentía tanta felicidad y alegría   que casi parecía que se iba a poner a llorar otra vez, de nerviosa y excitada que estaba. Tío Andrés, serio y arrepentido por lo que había sentido hacia Manuela, se acercó a ella y abrazándola cálidamente le dio dos cariñosos besos, al tiempo que le agradecía su inestimable ayuda para encontrar a Andresito, sin la cual quizá hubieran tardado mucho en encontrarlo.

 

Y colorín…