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Cuento: El saco de carbon. Mundo de niños

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Bienvenidos

a Mundo de niños.

El cuento que  hoy te cuento,

no es un cuento por que yo  lo cuento,

Solo es un cuento, si despierta en ti algún sentimiento.

 

El saco de carbon 

Un día, entre en casa dando patadas en el suelo y gritando muy enfadada. Mi madre, me llamó. Y yo, la seguí, diciendo en forma irritada:

–Mama, ¡Te juro que tengo mucha rabia! Marta no debió hacer lo que hizo conmigo. Por eso, le deseo todo el mal del mundo, ¡Tengo ganas de matarla!

Mi madre, una mujer normal, pero llena de sabiduría, me escuchaba con calma y yo continuaba diciendo:

– Imagínate que la muy estúpida me humilló frente a mis amigas. ¡No acepto eso! Me gustaría que se pusiera enferma para que no pudiera ir más a la escuela.

Mi madre siguió escuchando y se dirigió hacia una esquina del garaje de la casa, de donde tomó un saco lleno de carbón el cual llevó hasta el final del jardín y me propuso:

– ¿Ves aquella sabana blanca que está en el tendedero? Hazte la idea de que es Marta y cada pedazo de carbón que hay en esta bolsa es un mal pensamiento que va dirigido a ella. Tírale todo el carbón que hay en el saco, hasta el último pedazo. Después yo regresare para ver como quedó.

Yo lo tome como un juego y comencé a lanzar los carbones pero como el tendedero estaba un algo lejos, pocos de ellos acertaron la sabana. Cuando, mi madre regresó y me preguntó:

– Hija ¿Qué tal te sientes?

Yo le respondí – Cansada pero alegre. He acertado algunos pedazos de carbón a la sabana.

Mi madre me tomo de la mano y le dijo:

- Ven conmigo quiero mostrarte algo.

Me colocó frente a un espejo que me permitía ver todo mi cuerpo. ¡Qué susto! Estaba casi todo negro y sólo se le veían los la boca y los ojos. En ese momento mi madre me dijo:

– Lu, cómo has podido observar la sabana ha quedado un poco sucia pero no es comparable a lo sucia que estas tú. El mal que deseamos a otros se nos devuelve y multiplica en nosotros. Por más que queramos o podamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, o acciones los residuos y la suciedad siempre quedan en nosotros mismos.

El rencor y el resentimiento son sentimientos que nos hacen mucho daño, perdona y deja marchar ese sentimiento que tanto te duele, el perdón es para ti no para la persona que te ha herido.

Cuento: ¿Quien sabe mas? Jorge Bucay

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¿Quien sabe mas?

 

Una historia divertida para hacer reflexionar a niños y adultos.

Cuento: ¿Quien sabe mas? Jorge Bucay

— “Papi… papi… estuve con Huguito, que viene de pelearse con su papá”

 — “¿Y por qué se peleó con su papá?”

 — “Porque el papá de Huguito dice que él sabe más que Huguito.”

 — “Sí, hijo. El papá de Huguito sabe más que Huguito.”

 — “¿Y cómo lo sabes tú, si tú no conoces al papá de Huguito?”

 — “Bueno, porque es el padre, hijo, y el padre sabe más que el hijo.”

 — “¿Y por qué sabe más que el hijo?”

 — “Y… ¡porque es el papá!”

 — “¿Qué tiene que ver?”

 — “Bueno, hijo, el papá ha vivido más años… ha leído más… ha estudiado más… entonces sabe más que el hijo.”

 — “Ah… ¿y tú sabes más que yo?”

 — “Sí.”

 — “¿Y todos los padres saben más que los hijos?”

 — “Sí.”

 — “¿Y siempre es así?”

 — “Sí.”

 — “¿Y siempre va a ser así?”

 — “Sí, hijo, ¡siempre va a ser así!”

 — “¿Y la mamá de Martita sabe más que Martita?”

 — “Sí, hijo… la mamá de Martita sabe más que Martita…”

 — “Dime, papá, ¿quién inventó el teléfono?”

 El padre lo mira con suficiencia y le dice:

 – “El teléfono, hijo, lo inventó Alexander Graham Bell.”

 — “¿Y por qué no lo inventó el padre de él, que sabía más?”

Y Colorín colorado este cuento se ha terminado.

No siempre los adultos por el hecho de serlo tienen la razón.

Cuento: Sé tu mismo

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Sé tu mismo

Extraído del libro “Aplícate el cuento”, de Jaume Soler y Mercè Conangla

 

Cuento: Como el papel arrugado. Mundo de niños

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Como el papel arrugado.

 

Cuando era niña mi carácter nervioso, y susceptible hacía que me enfadase por cualquier tontería a veces llegando a insultar y humillar a mis compañeros, la mayoría de las veces después de estas peleas me sentía muy mal y me esforzaba en consolar y pedir perdón a quien había dañado.

Un día mi maestro después de uno de mis ataques de rabia me dio una hoja de papel y me dijo:
– Estrújalo.

Asombrada obedecí  apretando el papel entre mis manos hasta hacer de la hoja una bolita
– Ahora- volvió a decirme- Déjalo como estaba antes.

Por supuesto que no pude dejarlo como estaba.

Por más que lo intente  estirar y alisar el papel estaba lleno de pliegues y arrugas que no pude Hacer desaparecer.Entonces mi maestro me dijo:

“El corazón de las personas es como este papel… La impresión que dejas en ellos, será tan difícil de borrar como estas arrugas que has hecho en esa cuartilla”.

Cuento adaptado de G. Heger

Cuento: ¿Cual eres tú? Mundo de niños

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¿Cual eres tú?

Una hija se quejaba con su padre acerca de su vida y de cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía como hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

 Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo.

 Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego.

 En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir. Sin decir palabra.

 La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

 A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente.

 Mirando a su hija le dijo:

- “Querida, ¿qué ves?”

 – “Zanahorias, huevos y café”, fue su respuesta.

 La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias, ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

 Humildemente la hija preguntó:

 – “¿Qué significa esto, padre?”

 Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente.

 La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había puesto débil, fácil de deshacer.

 El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido.

 Los granos de café, sin embargo eran únicos: después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.

 – “¿Cuál eres tú, hija?. Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?”, le preguntó a su hija.

 – “¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?”

 – “¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable, poseías un espíritu fluido, pero después de la muerte de la abuelita, el divorcio entre tu madre y yo, o problemas en los estudios y el perder a ese chico del que estabas enamorada te ha vuelto dura y rígida? Por fuera te ves igual, pero… ¿estas amargada y áspera, con un espíritu y un corazón endurecido?”

 – “¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviendo, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor.”

 – “Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, tú reaccionas en forma positiva, sin dejarte vencer, y haces que las cosas a tu alrededor mejoren… Que ante la adversidad exista siempre una luz que ilumina tu camino y el de la gente que te rodea. Esparces con tu fuerza y positivismo el dulce aroma del café”.

 

 

 

 

 

Cuento: Nadie se lo dijo.

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Nadie se lo dijo

Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua, quedando atrapado. El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romper la helada capa, agarró a su amigo y lo salvó.

 Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo era muy grueso.

 – “Es imposible que lo haya podido romper con esa piedra y sus manos tan pequeñas”, afirmaban.

 En ese instante apareció un anciano y dijo:

 – “Yo sé cómo lo hizo”.

 – “¿Cómo?”

 – “No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo”.

Este cuento nos habla de como nuestras propias creencias son las que nos limitan. Si toda la vida te han estado diciendo que algo es imposible  al final acabas creyéndolo y ni se te ocurre intentarlo. 

Cuento: La pelea de lobos. Mundo de niños

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La pelea de lobos


El jefe de una tribu estaba manteniendo una charla con sus nietos acerca de la vida, cuando les dijo:

 – “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!… ¡es entre dos lobos!”

 – “Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, rencor, avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, egolatría, competencia y superioridad.”

 – “El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, dulzura, generosidad, benevolencia, amistad, empatía, verdad, compasión y fé.”

 – “Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra.”

 Lo pensaron por un minuto, y uno de los niños le preguntó a su abuelo:

 – “¿Y cuál de los lobos crees que ganará?”

 El anciano jefe respondió, simplemente…

 – “El que alimentes.”

 

Cuento: Que pobres somos de Paulo Coelho. Mundo de niños

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 Qué pobres somos cuento de Paulo Coelho

                   

Aunque durante estas fechas  palabras como amor, paz,  y solidaridad se escuchan continuamente por todas partes, la Navidad se ha convertido cada vez más en un tiempo dedicado especialmente al consumo: compras de todo tipo, ropa, comida, derroche energético y el típico intercambio de regalos, que alcanza su punto álgido ante la proximidad del día de Reyes han despojado estas fiestas de su verdadero sentido.

Estos tiempos de crisis económica pueden ser un buen momento para reencontrarnos con el espíritu de la Navidad, un tiempo de afectos, un momento para compartir, el nacimiento de la nueva oportunidad que nos brinda el  año nuevo, para llenar tu vida y la de los tuyos con sentimientos y pen­samientos alegres y positivos y para seguir compartiendo la vida en familia y entre amigos.
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No dejemos que lo material no nos deje ver lo esencial.

Que pobres somos de Paulo Coelho

Una vez, un padre de una familia acaudalada llevo a su hijo a un viaje por el campo con el firme propósito de que viera cuán pobres eran las gentes del campo.

Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una familia campesina muy humilde.

Al concluir el viaje y de regreso a casa el padre le pregunta a su hijo:

“¿Que te pareció el viaje?” – preguntó el padre.

“Fue fantástico Papá!” – dijo el hijo

“¿Viste que tan pobre puede ser la gente?” – preguntó el padre

“¡Oh, sí!” – dijo el hijo

“Y… ¿que aprendiste?” – preguntó el padre

El hijo contestó:

“Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen cuatro.”

“Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín… y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos y otras bellezas.”

“Que nosotros importamos lamparas del Oriente para alumbrar nuestro jardín…mientras que ellos se alumbran con la luna y las estrellas.”

“Que nuestro patio llega hasta la pared de la casa del vecino, ellos tienen todo el horizonte de patio.”

“Tenemos un pequeño pedazo de tierra para vivir y ellos tienen campos que van más allá de nuestra vista.”

“Que nosotros compramos nuestra comida;…ellos, siembran y cosechan la de ellos.”

“Nosotros cocinamos en estufa eléctrica…Ellos, todo lo que comen tiene ese glorioso sabor del fogón de leña.”

“Para protegernos nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas….Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos.”
“Nosotros vivimos conectados al celular, a la computadora, al televisor… Ellos, en cambio, están “conectados” a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del valle, a los animales, a sus siembras, a su familia.”
“Especialmente papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y convivir en familia. Tú y mamá tienen que trabajar todo el tiempo y casi nunca los veo y rara es la vez que conversan conmigo.”

El padre se quedó mudo… y su hijo agregó:

“¡Gracias Papá por enseñarme lo pobres que somos!

Cuento: El diario de tía Isabela -Capitulo 1º La herencia de tía Isabela. Mundo de niños

 

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La herencia de tía Isabela

Cuando mi tía Isabela falleció, me dejó en herencia su diario, que nadie más que ella había leído.

Y la misma noche comencé a pasar las amarillentas páginas del papel envejecido por el tiempo.

Las primeras hojas que escribió cuando apenas era una adolescente, aun estaban escritas con una vieja pluma de tintero.

Me divirtió poder apreciar la evolución de su edad, por el estilo de la letra.

Aunque siempre había conservado la gracia y la viveza del trazo, incluso hasta sus últimos escritos. 

Mis manos aun estaban temblorosas por la impresión de su recuerdo, casi sintiendo su amorosa presencia a mi lado, cuando leí:

- “Alguien que no es conocido, me ha dicho que la vida guarda muchos secretos que hemos de ir descubriendo poquito a poco” –

Desde bien pequeña la había querido mucho por lo cuidadosa que era conmigo.

Cuando me hacía regalos, siempre acertaba mis deseos. Como si leyera mi pensamiento.

En una ocasión en que no había sacado muy buenas notas, sin preguntarme nada, me regaló lo que había estado deseando silenciosamente, sin atreverme a pedírselo a mis padres: la caja de música que había visto en el escaparate de la tienda de la esquina.

También jugaba conmigo al escondite, que era lo que más me gustaba.

Su casa era muy grande, y después de fallecer su hermana – mi abuela Inés – solo vivía con su criada Manuela, que era como su sombra.

Manuela ya no era tan simpática como ella.

Aunque no me reñía, parecía que siempre estuviera a punto de hacerlo, con esa cara tan seria que tenía la pobrecita.

 Una día me escondí dentro de un gran armario de abrigos que había en el recibidor.

Esta vez yo sabía que a mi tía le costaría encontrarme, porque hizo la cuenta en la cocina, al otro extremo de la casa.

Allí se había quedado contando hasta treinta y tres, mientras pelaba las cebollas con Manuela.

Pero cuando esperaba ya dentro del armario, pude oír los pasos por el corredor, que se dirigían directamente  hacia donde yo estaba escondida.

Sin buscar antes por ninguna de las muchas habitaciones que había entre la cocina y el recibidor. Así que me extrañó mucho que lo supiera tan rápidamente.

Note cómo se abría la puerta y aparecía la triste cara de Manuela entre los abrigos.

Eso no era lo que yo me esperaba, y me asusté mucho.

Sentí como si me hubieran echo trampa, porque yo con Manuela no quería jugar al escondite,

y me puse a llorar por el disgusto.

 Después me contó mi tía, divertida, que también le habían saltado las lágrimas, pero por las cebollas, sin poder ver nada, y que por eso había enviado a Manuela a buscarme, que estaba más acostumbrada y ya no lloraba.

Sin embargo, a partir de ese día comencé a sospechar que entre Manuela y mi tía había una relación especial.

Quizá por eso sus nombres acababan con las mismas tres letras.

Además, también me pregunté si Manuela lo había adivinado ella sola, o fue mi tía, que todo lo sabía sobre mi, la que le indicó donde tenía que ir a buscarme.

Nunca me lo dijeron.

En su diario leí una frase que decía:

- “Las personas pueden comunicarse y adivinar cosas con el pensamiento” -

En mi corta vida había tenido muchas corazonadas de ese tipo.

Sobretodo con personas con las que tenía una relación íntima. Pero siempre habían ocurrido cuando menos me lo esperaba, y de la manera más imprevisible. Sin poderlas controlar.

Como cuando me encariñé tanto con la caja de música, sin decírselo a nadie, y al final resultó que me la regaló mi tía Isabela.

En su diario contaba muchas cosas de su vida y de sus relaciones con los demás. También de Manuela, de lo fiel y servicial que siempre había sido con ella.

Siendo un poco más joven que mi tía, había estado a su servicio doméstico prácticamente desde que vivía  con sus padres, mis bisabuelos.

Por la manera en como se refería a ella en sus escritos, noté que le guardaba mucho respeto y admiración. Lo que chocaba con la imagen que yo tenía de ella, siendo como era una mujer callada y taciturna.

Empecé a comprender porqué cuando me dieron su diario, tal y como tía Isabela lo había dicho en vida, Manuela me miró de una manera muy rara.

Como si le disgustara que yo me quedara con ese libro.

 Entonces me llegó de pronto la corazonada:

“Manuela sabía que en esas páginas mi tía contaba cosas sobre ella, que no quería que se supieran”

 El diario lo había escrito a lo largo de toda su vida, y habían muchos comentarios y descripciones de escenas, con su letra menudita que casi no se podía ni leer.

 Así que, por algún lado, debía de haber escrito cosas importantes sobre Manuela.

 Y me empeñé en encontrarlo sin seguir el orden cronológico de las páginas.

 Iba saltando por aquí y por allá caprichosamente, hasta que, estando a punto de cerrarlo por el sueño que me podía, encontré esta frase:

 -“Manuela es muy sensible y a veces hace cosas que no me puedo explicar”-

 Me asusté de tal modo al recordar la escena del armario, que no quise continuar más, durmiéndome enseguida para que ninguna imagen me pudiera robar el sueño.

Después de la defunción de mi tía, el viejo caserón que había pertenecido a mi familia desde los tiempos de mis bisabuelos, quedó bajo la solitaria custodia de Manuela.

Mi madre y sus hermanos decidieron mantenerlo para celebrar reuniones familiares, y también, quizá, por nostalgia.

 Sobretodo, si Manuela aun tenía la suficiente energía y voluntad para cuidarlo. Que las tenía, sin lugar a dudas.

Realmente me admiraba que pudiera querer vivir ella sola en una casa tan grande y antigua.

Con tantos recuerdos acumulados de las personas que vivieron en ella, desde hacía más de cien años.

Porque cuando mis bisabuelos la compraron, ya había pertenecido a otra familia antes que ellos.

Manuela debía de conocer todos los secretos que guardaban celosamente sus paredes, sus rincones, sus habitaciones, sus armarios…

Imaginé, incluso, que a lo mejor Manuela había deseado secretamente quedarse ella sola en toda la casa, como finalmente había ocurrido.

 Casi sin poder detener mi imaginación desbocada, pensé incluso que mi madre y mis tíos decidieron no venderla porque, en realidad, extrañas energías lo habían impedido.

Un poco asustada por mis propias fantasías, no me atreví a darles más vuelos.

Sin embargo, con el tiempo, comprendí que mi intuición no era demasiado descabellada, y que entre la casa y Manuela había una misteriosa relación.

Desde la noche que descubrí que Manuela era una persona tan especial para mi tía, el diario lo leí con cierto temor. No fuera que descubriera cosas demasiado secretas.

 Por eso, cuando unos días después del fallecimiento de mi tía, mi madre me pidió que fuera de nuevo a la casa, para recoger un vestido negro que se había dejado olvidado el día de la defunción, me dio miedo.

No deseaba volver allí, a pesar de los recuerdos tan entrañables que guardaba de la casa cuando vivía mi tía.

Pero tampoco podía decírselo a mi madre, porque entonces hubiera tenido que darle demasiadas explicaciones. Y pensé que no debía.

Así que, obediente y temerosa por mi propia imaginación, caminé la corta distancia que separaba las dos casas.

Llamé estirando del viejo tirador de madera, muy gastado ya por las manos que lo habían usado durante tantos años, y que accionaba una campanilla en el interior de la casa.

Divertida, recordaba que de pequeña me costaba mucho hacerla sonar, por lo fuerte que estaba, y entonces también usaba a veces el picaporte en forma de lagarto, que tanto me asustaba por lo real que parecía. No fuera que abriera la boca de pronto y me mordiera.

Mi tía nunca había querido ponerse timbre eléctrico, porque decía que las obras para instalarlo hubieran dañado el arco de piedra, que envolvía la hermosa puerta de madera de roble.

Manuela tardó un poco en abrirme.

 Sin besarnos, porque no teníamos costumbre, me hizo pasar enseguida hasta la cocina, donde me había preparado un humeante chocolate con pastelitos de crema, como me hacía mi tía.

Pero yo sabía que ya nada podía ser igual, aunque ella tratara de ser amable conmigo. 

Tan callada y concentrada en sus cosas, como si temiera que le fueran a quitar algo.

Entonces, rompiendo el silencio que prácticamente había reinado mientras me comía la rica merienda, me propuso que jugásemos al escondite, como hacía con la tía Isabel.

-¡Pero con una sorpresa!-  me dijo con una sonrisa tan rara, que me pareció de otra persona.

Esta vez sería ella la que se escondería.

Y sin esperar mi respuesta, de pronto, flacucha y ágil como era, desapareció corriendo por el pasillo, tras decirme:

-¡Empieza a contar hasta treinta y tres! -

Me quedé sin saber qué hacer en la cocina, asustada con mis fantasías.

Aunque en el fondo también me daba un poco de pena, la pobrecita, que se había quedado tan sola en la vida. 

Por eso me había preparado la deliciosa merienda y ahora quería jugar conmigo.

-“Por lo triste que estaría sin nadie a quien cuidar” – pensé

Así que decidí que debía jugar al escondite con Manuela, y enseguida supe adónde había ido a esconderse:

Al viejo armario del recibidor.

Al cruzar el largo corredor, con aquellas viejas lámparas en lo alto, que parecían arañas a punto de lanzarse sobre mi, me pareció más oscuro y largo que nunca.

Aunque estaba casi segura que se escondía en aquel sitio, temía que Manuela apareciera de pronto desde alguna de las habitaciones, con esa cara de pergamino envejecido que tenía, y me diera un susto de muerte.

Cuando llegué al recibidor y contemplé el viejo armario de toda la vida, pensé que verdaderamente  nunca me había fijado en él como lo hacía ahora, y lo descubriera por primera vez.

-¡Qué raro es!- me dije.

No era un mueble independiente pegado a la pared, sino que estaba empotrado en ella, como si formara parte de la misma casa.

Tenía tres puertas, con tres caras labradas en bajo relieve en la madera, en el centro de cada puerta.

Una cara triste, otra riendo y la del centro, inexpresiva y seria.

Me quedé frente a él sin saber cual debía abrir, porque cada puerta daba a compartimentos independientes.

Cuando yo me escondía de pequeña, lo hacía en el de la izquierda, que tenía la cara alegre.

Pero ahora Manuela podía estar en cualquiera, porque las tres puertas parecían muy bien cerradas.

Así que, sin atreverme a abrir ninguna, dije en voz alta para que me oyera bien:

-¡Manuela, sé que estás en el armario!¡Te he encontrado!¡Sal ya de ahí!-

Y pude oí una risita que salía de dentro, aunque también podía provenir de otro lugar, porque parecía muy lejana.

Era muy extraño.

No salió.

 -¡Manuela, si no sales, no juego más!¡Me estás asustando!-

Y volví a oír las risitas.

 Finalmente decidí que debía tomar una decisión y abrir una de las puertas.

Elegí la de la derecha. La que tenía la cara triste.

 Enseguida vi colgados dos largos abrigos de mi tía, pero Manuela no estaba allí dentro.

Me enfadé mucho con ella, porque me obligaba a tener que abrir más.

-¡Manuela, eres muy mala conmigo!¡Me estás dando miedo de verdad!-

Otra vez las risitas.

Y al final le dije, para asustarla yo a ella:

-¡Ahora verás!, ¡bruja!

-Y abrí las dos puertas que quedaban al mismo tiempo, para que no tuviera escapatoria.

Me atreví entonces a entrar en cada uno de los armarios, grandes como eran, palpando bien todas las esquinas entre la ropa antigua. Pero tampoco estaba en ninguno de los dos.

Aquello sí que me dio miedo, porque en el recibidor no quedaba otro lugar donde pudiera esconderse, y su vocecilla lejana, estaba segura, había salido de algún sitio de allí mismo.

Silenciosa, me quedé en el centro, mirando fijamente los muebles pegados a las paredes de mi alrededor: la cómoda con candelabros, las sillas, el arcón y el gran perchero espejo.

Me sentía muy sola pensando que aquella extraña mujer no podía sustituir de ninguna manera a   mi tía Isabela, que tan buena y cariñosa había sido conmigo, cuando sin esperarlo, a través del espejo vi que la puerta de en medio, la de la cara seria, comenzaba a abrirse muy despacito.

-¡No puede ser!- me dije con una exclamación llena de miedo, y salí corriendo para encerrarme en la cocina y no jugar ya más con Manuela.

Enseguida la oí acercarse y dar unos golpecitos en la puerta, pidiéndome por favor que la dejara entrar. Que no quería asustarme. Solo jugar un poco conmigo porque se encontraba muy sola.

Así que me dio mucha pena, llorando como ya estaba por el susto, y le abrí la puerta.

Allí estaba Manuela, más pequeñita que yo, con su vestido negro y su carita de india, pidiéndome que la perdonara por el susto que me había dado.

Tras darnos un abrazo y besarnos por primera vez, me despedí corriendo hasta la salida. 

-¡Espera! – me dijo saliendo ya por la puerta

– ¡que te olvidas del vestido de tu madre!-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuento:La feria de los sueños 3ª parte. Cuento para niños y adolescente. Mundo de niños

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Cuento:La feria de los sueños

-Pensé detenidamente sobre mi sueño y su significado. Deduje  que era una especie de sueño colectivo, donde los diferentes soñadores estaban inter-actuando entre sí, porque no había ningún líder o protagonista que destacara en la escena. Y entonces comprendí que los diferentes soñadores, llegando a un extremo en que debido quizá a que ya habían agotado todas las satisfacciones de sus sueños individuales, en este caso de la posesión de riquezas, entraban finalmente en una batalla colectiva, probablemente inducida por los mismos ingenieros-creadores.  Y esa era la verdadera finalidad de la feria, que todos acabaran teniendo pesadillas de luchas y peleas entre ellos, que tarde o temprano se materializaban en la realidad, y obtenían así un tremendo beneficio sin fin, porque de esa manera la absorción de energía no acababa en el recinto, sino que se extendía también a la vida real.

-Era por eso que las cúpulas estaban distribuidas temáticamente, para que dentro de cada una de ellas se diera solo un tipo de energía específica, porque así las personas emitían  el mismo tipo de vibración; la energía de la codicia, la energía de la ambición, la energía del narcisismo, la energía de la soberbia, y pudiera ser más fácil para los ingenieros-creadores  clasificarla y sacarle provecho. 

-¡Las cúpulas hacían el efecto de enormes acumuladores energéticos para después expandirlos en la vida real!

-“¡Increíble!” – pensé – La escena había sido tan abrumadora para mí, que me había sentido totalmente incapaz de tomar alguna iniciativa para contrarrestar semejante barbaridad. Pensé también que si aquella escena era la premonición de algo que podría ocurrir próximamente en mi ciudad, o era simbólica de algo más concreto y real de la vida de mis semejantes, podía temer algún acontecimiento verdaderamente dramático, como ya ocurriera con el  sueño del concierto de música y lo que ocurrió después. 

-“Y yo, entonces… ¿qué podría hacer yo? Porque mis pensamientos y sentimientos también emitían algún tipo de vibración”- pensé –  “Pero muy diferente…”

-“Podría hacer algo con ese tipo de vibración mía. La vibración del amor y de la empatía. ¡Claro que sí!” – me dije decidida.

-Tardé algunos días más en poder soñar de nuevo en las cúpulas, porque un acontecimiento extraño vino a causarme inquietud en mi vida normal.

-La cosa es que un día me sentí victima de una misteriosa persecución por las calles de la ciudad, cuando regresaba a casa por la noche. Un personaje alto y oscuro, oculto tras unas enormes gafas de sol, aparecía en  muchos de los lugares por los que pasaba de vuelta a casa, sin que notara que me persiguiera físicamente en ningún momento. Es decir, aparecía como por arte de magia en la parada del bus, luego en una calle por la que pasaba , quieto como una estatua, en los jardines próximos a mi casa…

“¿Cómo llegaba hasta allí?” – pensaba sorprendida cada vez que lo veía. Siempre me miraba fijamente, como si quisiera infundirme miedo a pesar de que las calles estaba llenas de gente, pero parecía que nadie más que yo lo viera, porque a pesar de su rara quietud no llamaba la atención. Tras abandonar la calle y llegar finalmente a mi casa, una vez que me sentí protegida ya en el interior de mi habitación, comprobé inquieta desde mi ventana  su repelente presencia, observándome fijamente desde la acera. Tras sobreponerme al miedo inicial, pensé que no había ninguna duda sobre su propósito, que no era otro que el de hacerme alguna advertencia. Pero ¿sobre qué? ¿Sobre los acontecimientos relacionados con la feria…? Pensé que sí, y si así era, aquel personaje no podía ser otra cosa que uno de los famosos ingenieros-creadores de los sueños. Se me había aparecido en la vigilia y no  en un sueño, como me advirtió aquel vagabundo, pero era evidente que no era humano, por su inquietante capacidad para aparecer en tantos lugares diferentes sin que lo viera desplazarse.

-“¡Y aquí estaba la prueba definitiva de que los sueños se mezclaban con la realidad!”- pensé con acierto.

-Cuando desperté a la mañana siguiente, el feo personaje ya no estaba en la calle, pero todo lo vivido la noche anterior había producido en mis sueños normales una desagradable pesadilla, que no había podido controlar por no ser un sueño lúcido.

-En ella, este siniestro ser de oculta mirada, me infundía tanto rechazo al pié de mi propia cama, que el propósito que estaba programando para mi siguiente sueño lúcido, de emitir pensamientos de alta frecuencia, cargados de amor y empatía hacia la humanidad, se me hacía totalmente imposible. Conseguía que lo odiara por su tremenda insolencia de entrar en el secreto dormitorio de mi intimidad, pero sobretodo, por el nauseabundo hedor que desprendía su ser, inundando fétidamente todo el espacio acogedor y cálido desde donde incubaba mis maravillosos viajes inter-dimensionales al mundo de los sueños.

Tal fue la intensidad y el realismo de su presencia, que al despertar aun se mantenía en mi memoria su pestilente olor, lo que me llevó inmediatamente a llenar la habitación de perfumadas rosas y jazmines.

-“Luego la profecía del vagabundo se había cumplido finalmente” – pensé cautivada por la fascinante sucesión de los acontecimientos.

-Todo lo ocurrido no hacía sino darle fuerza a mi propósito. Si me habían atacado de aquella manera, era porque algo temían, y lo que más temían,  pensé acertadamente, era que yo utilizara sus propias cúpulas para emitir pensamientos de altísima frecuencia y bondad, porque por el propio efecto expansivo que los ingenieros-creadores habían inventado para expandir el mal a través de los pensamientos egocéntricos de los seres humanos, mi pensamiento se propagaría por la vida por lo menos con la misma fuerza ¡Eureka!

-Cuando a la vuelta de los días, ya recompuesta completamente de la última y maloliente pesadilla, por fin pude imaginar un maravilloso sueño lúcido en las cúpulas, desperté en un lugar sobrecogedor por su belleza solemne y pura. Era como un desierto infinito en su extensión y henchido de una luz cálida que  acariciaba amorosamente mi cuerpo. Ni rastro de los ingenieros-creadores, ni rastro de los soñadores de aventuras egoístas, ni rastro de  bajas frecuencias. Como si la misma intención que me había llevado a ese noble propósito,  hubiera barrido absolutamente a todos los que “no estaban en nuestra misma frecuencia”, porque, comprendí enseguida… no estaba completamente sola. Pude advertir con un gozo y alegría indescriptibles a otras personas diseminadas por el mismo espacio luminoso y  con la misma  sensibilidad e inquietud que yo.  Meditadores de alta frecuencia, que estaban haciendo lo mismo sin saber nada de ellos.  Emitir pensamientos elevados para toda la humanidad.

Fin